Nunca fui amante de quedarme a dormir en casa ajena después de terminar la faena. Dos experiencias traumáticas previas me ayudaron a mantenerme firme en mis posiciones y seguir a pies juntillas eso tan bonito de ‘cada mochuelo a su olivo’, una vez finalizado el acto. La primera anécdota me hace recordar el horror que sentí cuando me despertaron de un sueño profundo y reparador con un sincero “Me he acordado de mi novio y me está dando mal rollo, tienes que irte” y el frío espantoso que pasé a las seis de la mañana, cruzando la plaza de Oriente a tres grados bajo cero, camino de mi casa. Ni que decir tiene que del novio nadie se acordaba dos horas antes, aproximadamente… La segunda experiencia fue parecida a esas películas de miedo, en la que todo es muy bonito y armonioso, hasta que de repente aparece un sádico asesino y organiza una carnicería. Sí, después de la noche de autos, al día siguiente, me despertaron con un desayuno espectacular. Pero lo que vino a continuación, los siguientes dos años de mi vida, fue como un paseo por el túnel del terror. Me anularon como persona, me hicieron trizas y mi ego quedó reducido a los niveles del PIB de Burkina Faso. Y yo me dejaba, que es lo más gordo. En cualquier caso, ya se me ha pasado, creo. Un poco. La de pasta que me ahorro en psicólogos escribiendo este blog, por cierto.
A pesar de mi reticencia a pernoctar en cama ajena tampoco he sido el típico borde que, una vez desaparecida la magia sexual, se viste y adiós muy buenas. Que de estos hay unos cuantos. Siempre se puede comentar un poco la actualidad socio-política del planeta, darle la chapa al otro sobre tu vida y milagros (como ahora estoy haciendo yo) o escuchar atentamente un discurso similar. Vamos, lo normal. Sin embargo, hay muchos hombres que después de cualquier actividad sexual se abandonan al sueño más profundo. Algo que para muchas mujeres es un claro ejemplo de egoísmo y falta de tacto machista. Por suerte ha tenido que ser una doctora, la neuropsiquiatra norteamericana Louanne Brizendine, la que ha roto una lanza a favor de nosotros los hombres justificando las irresistibles ganas de dormir que se apoderan de nuestras pobres personas después de practicar sexo. Siempre, claro está, que haya confianza, no ardamos en deseos de salir corriendo o juguemos a querer seguir impresionando a nuestro ligue con una intensa e irresistible cháchara. Contactos eróticos argentina
Uno siempre había oído que dormirse después del sexo es una reacción absolutamente natural que hay que achacar a las características intrínsecas del orgasmo masculino. La fase refractaria del orgasmo masculino concluye de una manera más súbita que la femenina, cuyo proceso de relajación suele ser más lento. La vagina y el clítoris pueden tardar entre 10 y 15 minutos en volver a su estado ‘normal’ mientras que en el hombre el cambio es más rápido debido a la abundancia de sangre presente en la zona pélvica durante el acto sexual. Basta pensar en la erección y el endurecimiento y tensión muscular que comporta la cópula. En resumidas cuentas, la calma después de la tormenta trae consigo una sensación de sueño fisiológicamente natural que nos deja, literalmente, en brazos de Morfeo. Sin embargo, la doctora Brizendine, que acaba de publicar ‘El cerebro masculino’, defiende que nuestro cerebro libera grandes cantidades de oxitocina, una hormona cuya descarga se produce en el hipotálamo, activando al mismo tiempo el centro de la somnolencia. Por lo tanto, resulta un esfuerzo titánico reprimir las ganas de dormir que le entran a uno tras el acto sexual. Si además te has cansado como un burro o llevas sueño atrasado, ya ni te cuento. O sea, que a partir de ahora que nadie se ponga de morros si en plena confesión o relato ‘post-coitum’ escucha una respiración profunda acompañada de algún que otro leve ronquido. No es falta de interés. Es la estampa de la felicidad. Y nuestro cerebro es así de raro.
Fuente: elmundo.es




